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By cizucu ·

Cover photo by Pepper05
Hacemos fotos casi todos los días. Pero ¿cuántas tenemos que nos permitan situarnos en el mismo lugar que el año pasado y comparar el paisaje?
La fotografía repetida consiste en fotografiar varias veces desde un mismo punto y en la misma dirección para registrar los cambios a lo largo del tiempo. Al mantener la posición y el encuadre, aparecen diferencias que sería difícil advertir en una sola imagen.
Su objetivo es distinto del de un timelapse, que enlaza imágenes consecutivas para mostrar movimiento, y del de la fotogrametría, que se utiliza para medir formas y distancias.
A mediados del siglo XIX, el fotógrafo británico Philip Henry Delamotte documentó la construcción del Crystal Palace reconstruido en Sydenham. Las 160 imágenes que tomó entre 1854 y 1855 se publicaron en 1855 con el título Photographic Views of the Progress of the Crystal Palace, Sydenham. No se trata de fotografía repetida en sentido estricto, pero sí de uno de los primeros ejemplos en los que se registró no solo el resultado final, sino también el proceso de transformación.
Otro pionero en el uso de la fotografía repetida para estudiar los cambios del paisaje fue el matemático e investigador topográfico Sebastian Finsterwalder. En 1888 utilizó fotografías para estudiar los glaciares de los Alpes. La cámara dejó de servir únicamente para retratar el paisaje: también empezó a emplearse para medir el terreno y detectar sus cambios.
Foto de now
En el siglo XX, la fotografía repetida llegó también a la ecología para estudiar los cambios en la vegetación y el uso del suelo. Un hito fue The Changing Mile, publicado en 1965 por James R. Hastings y Raymond M. Turner. El libro mostraba la vegetación del desierto de Sonora mediante 97 pares de fotografías antiguas y contemporáneas. Colocar las imágenes una junto a otra no solo ayuda a explicar el cambio: también aporta pruebas para que cada lector descubra las diferencias por sí mismo.
El Rephotographic Survey Project localizó los lugares fotografiados en el oeste de Estados Unidos durante el siglo XIX y volvió a retratarlos desde posiciones y con encuadres lo más parecidos posible. La cuestión no era únicamente cómo había cambiado el territorio. También invitaba a preguntarse dónde se colocó el fotógrafo original, qué decidió incluir en la imagen y qué dejó fuera. Al reproducir su posición y su encuadre, podemos replantearnos cómo la fotografía ha mostrado la historia.
Este recorrido demuestra que volver a fotografiar un lugar sirve para algo más que conservar un paisaje. En una obra en construcción permite seguir el proceso; al estudiar glaciares o vegetación aporta pruebas del cambio; y al repetir una imagen histórica también lleva a revisar la mirada de quien la tomó. Los objetivos y las técnicas varían, pero todos buscan dejar un registro que permita comparar momentos distintos. El valor de este método quizá no esté en repetir siempre el mismo encuadre, sino en dejar para el futuro un punto de referencia desde el que interpretar los cambios.
Ahora que las cámaras y los teléfonos están siempre a mano, tenemos más oportunidades de guardar imágenes. Pero acumular fotografías no equivale a construir un registro con el que comparar la evolución de un mismo lugar. A veces no sabemos desde dónde se tomó una imagen, la fecha o la orientación no están claras, o al año siguiente dejamos de volver. Esa foto puede conservar el recuerdo de un instante, pero difícilmente servirá para seguir una transformación durante mucho tiempo.
Lo importante no es solo cuántas fotos hacemos, sino qué fotografiamos, con qué frecuencia y cómo lo guardamos para poder compararlo después. Esa constancia es lo que convierte las imágenes en un registro continuado.
El valor de fotografiar de forma continuada no se limita al paisaje. Julien Magre lleva más de 25 años fotografiando a su familia y ha seguido utilizando la misma cámara y el mismo objetivo. No es fotografía desde un punto fijo, pero mantener la mirada sobre algo cercano muestra otra forma de incorporar el paso del tiempo a las fotos.
Foto de Enzo
La primera es empezar a fotografiar siempre el mismo lugar. Puede ser una vista desde la ventana, una esquina del camino al trabajo o un árbol del barrio: elige un sitio al que puedas volver sin complicaciones. Decide dónde te colocarás y hacia dónde apuntarás, y anota la fecha, el lugar y, si es posible, la distancia focal.
Foto de Yuya
¿Quieres observar el paso de las estaciones o seguir la transformación de una calle? Ajusta la frecuencia y las condiciones de las tomas a tu objetivo. Si te interesa la evolución urbana a largo plazo, será más fácil comparar las imágenes si fotografías en épocas del año y momentos del día parecidos. Lo importante es conservar un registro que permita comparar tanto lo que ha cambiado como lo que sigue igual.
La segunda opción es volver al lugar que aparece en una foto antigua. Busca el punto desde el que se tomó una foto familiar o una imagen de un álbum viejo y fotografía el paisaje actual. Así no solo descubrirás cuánto ha cambiado el entorno, sino también quién lo fotografió y desde qué mirada lo hizo.
Foto de Rina
Para captar lo que cambia, repetimos la toma sin mover el punto desde el que fotografiamos. Este método no busca inmovilizar el paisaje, sino dejar una referencia que nos permita saber cómo se ha transformado. En una época llena de fotos, ¿qué queremos seguir observando y qué decidiremos registrar? Podemos empezar eligiendo un lugar al que podamos volver el año que viene.



