Al pensar en un autorretrato, quizá imaginemos una fotografía frontal en la que se cuidan la expresión y la pose. Sin embargo, fotografiarse no consiste únicamente en construir una imagen destinada a ser vista por los demás.
El tiempo pasado junto a una ventana, las manos durante una noche de insomnio o la luz que se posa en una habitación conservan silenciosamente las emociones del día y el ritmo de la vida cotidiana. Exploramos una manera de registrar el propio contorno como si se tratara de un diario.
El autorretrato no capta un rostro, sino un tiempo vivido
El autorretrato no tiene por qué limitarse a documentar el propio rostro. También permite preservar la huella de nuestra presencia y las emociones singulares de un día a través de fragmentos del cuerpo y objetos cotidianos: un hombro reflejado en el espejo, una mano apoyada sobre una silla, unos zapatos que nos hemos quitado o una silueta tras la cortina. Aunque la expresión no se muestre de forma directa, el tiempo de quien realizó la fotografía impregna la obra.

Fotografía de daphoto
Más que representar una versión perfectamente construida de nosotros mismos, lo importante es prestar atención a las circunstancias que rodean la toma. ¿Es la fría luz de la mañana o la sombra alargada del atardecer? ¿Se trata de una habitación silenciosa o de un lugar al que llegan sonidos del exterior? Una obra capaz de evocar incluso los sonidos y la temperatura que no aparecen en el encuadre perdura con fuerza como registro de la vida cotidiana.
Si no sabes cómo posar, sitúate en medio de una acción
Cuando nos fotografiamos, intentar fijar una pose puede hacer que el cuerpo se vuelva rígido. En esos momentos, conviene introducir una acción en lugar de una pose: recogerse el cabello, abrir una ventana, acomodarse la manga o sentarse en el suelo y cerrar un libro. Si colocamos la cámara entre el comienzo y el final del gesto, podemos distanciarnos un poco de la necesidad de componer una expresión.

Fotografía de yNAK
Aunque el rostro aparezca en la imagen, no es necesario mirar continuamente a la cámara. Desviar la mirada, orientarse hacia la luz o dejar parte del rostro en sombra introduce una cierta distancia dentro de la fotografía. Preguntarse si se desea retratar «una imagen con estilo» o «el estado de ánimo del presente» facilita la elección del espacio y la postura adecuados.
Confiar a una fotografía el contorno del día de hoy
Antes de fotografiar, intenta expresar con una sola palabra el color de la luz de hoy, el aire que roza la piel, los sonidos de la habitación o el peso de tus emociones. No se trata de explicar esa palabra, sino de buscar una luz y una distancia que se aproximen a ella e incorporarlas al encuadre.
Otra posibilidad consiste en fotografiar el mismo lugar variando únicamente el momento: por la mañana y por la noche, en un día soleado y en uno nublado, cuando el ánimo es ligero y cuando decae. Las diferencias entre composiciones similares pueden revelar cambios que habían pasado inadvertidos. La próxima vez que dirijas la cámara hacia ti, en lugar de intentar que el rostro aparezca impecable, elige una huella de luz, un gesto o un eco sonoro que permanezca en tu presente y confía su contorno a una sola imagen.

